martes, 24 de marzo de 2009



LA PROFUNDIDAD DEL VIDEOGAME
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vs
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LA SUPERFICIE DEL ARTISTA
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(un match en tres entregas)




Sí, he escuchado lo que andan diciendo por ahí: "la superficialidad de los videojuegos". Pues bien, déjenme contra-decir: "la profundidad de los videojuegos". Y déjenme aún un tiro más: entre aquélla y ésta hay la distancia que se tiende entre un asunto moral y una cuestión de ética. Mejor juguemos, paseemos y vemos si me sé explicar.



De Objeto a a Carlos Trilnick

Si pasean por Palermo Viejo, en Niceto Vega 5181 encontrarán la galería Objeto a. Vecinos cercanos, me he dado una vuelta por su recién inaugurada muestra "Game on!, el arte en juego". Me he prometido volver con más tiempo. El estímulo inicial fue suficiente, no sólo para invitarlos calurosamente a recorrerla (clic en Objeto a para más datos) y a participar de las actividades que invitan a pensar la cuestión del videojuego y el arte, sino también para proponerles jugar ahora mismo:

Se trata de ingresar a "Acto de fe", una obra de Carlos Trilnick
(artista integrante del interesante colectivo artístico "Fin del mundo" )
que hace tiempo ya había visto en la WEB.
Si bien él no participa de la muestra de Objeto a, intuí que me iba a permitir procesar lo que había visto en ella.
Muy particularmente el cruce entre arte y videogame y la cuestión de la interactividad.

Después de que jueguen su obra los invito a compartir lo que a mí me sucedió jugando. Por lo demás, que hoy sea 24 de marzo y estemos en la Argentina del 2009 de "la seguridad vs la inseguridad", acaso haya sido el émbolo invisible que me llevó a precipitar esto, aquí y ahora.





"Acto de fe" de Carlos Trilnick



Clic aquí:





Cómo me fue jugando con
"Acto de fe"



OBSERVAR, VERIFICAR

Ingreso a "Acto de fe".
Me topo con un observable: unas imágenes en movimiento que a mis ojos parecen querer decir algo. Se me mete en el cuerpo la posibilidad de que allí haya una significación a la que acceder (1) . Me sobreviene el impulso a verificarlo. Empieza la interacción.
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LA INTERACTIVIDAD

Ciertos signos (el movimiento, la disposición de la imagen en recuadro, etc.) arman un marco que me lleva a pensar "ah, esto debe ser un videogame". Esos signos son las flores invisibles que nuestra red social riega cotidianamente y entre las que retozamos ya sin enterarnos. Eficacia simbólica, la llamaba Levi Strauss (2). Y aquí la base de la interacción: la imagen propuesta podrá tener la estética que sea, pero tendrá que contener un símbolo lo suficientemente inequívoco como para que no haya dudas de que cuando acierto, acierto. Sino... ¡minga de interacción!.
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[Tomemos por caso la clásica estructura de videogame análoga a la de aquellos libros de "elige tu propia aventura": allí, elija el camino que elija cada vez, el acierto estará garantizado si, caiga donde caiga, el juego tiene una respuesta inequívoca para darme (aunque más no sea el clásico "fallaste, game over"). La interactividad se acaba cuando esa respuesta inequívoca falta (3).]

Bien, sigo en el juego. Hago clic sobre esos fragmentos de imágenes que corren hacia abajo y hacia mi derecha y verifico lo observado: son piezas que reaccionan a mi acción. Ahí no más otro signo lúdico me orienta: esas rayitas al pie del cuadro se empiezan a llenar de palabras como en el juego del ahorcado. Y eso me apura: ¿tendré chances infinitas de hacer clic o en algún momento: "shit, ahorcado, perdí"?. He aquí la interacción a pleno: limpia relación punto a punto entre el juego y mi conocimiento, entre un conjunto de dominio y un conjunto de llegada.

INSTANTE DE VER (4)
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Mi primer pequeño triunfo me entusiasma: he verificado lo observable. No necesito preguntarme por la red/matrix que sostiene el juego. Simplemente interactúo. Y funciona: ¡completo la frase a fuerza da dar en el blanco!. Junto a ella una pequeña flecha me invita a pasar ya al segundo nivel. Pero... esa frase...

“SEPARAR
LO OBSERVABLE Y LO IMPOSIBLE DE VERIFICAR
CONSTITUYE UN ACTO DE FE”

¿Qué es esta frase, qué hace esta cosa aquí?. No es una consigna que me permita el rápido punto a punto. Allí esta la flecha invitándome a continuar montado en la lógica del videojuego. Pero esta frase... En algún rincón de la interacción se me ha metido un caballo troyano. Pronto me sobrepongo. Hago click entonces en la flecha y me zambullo en el segundo nivel. Pero...

... Pero ya no hay videojuego: me topo con la imagen fija de "un seguridad y un detenido". Paso el cursor pero no detecto ningún signo, ningún comando por ejecutar. No hay lugar para el ping-pong de la interacción. Cesó la ilusión cinética y aparece el peso de lo sin vida que toda imagen conlleva (5). Sin embargo ese observable que tengo delante de mi nariz pone otra vez en juego la dimensión de lo “por verificar”; pienso: “esto debe querer decirme algo”.

Entonces necesito retroceder al primer nivel, allí donde dejé aquella frase.


“SEPARAR

LO OBSERVABLE Y LO IMPOSIBLE DE VERIFICAR

CONSTITUYE UN ACTO DE FE”


He pasado del instante de ver al tiempo de comprender. (continuará)

FIN DE LA PRIMERA ENTREGA.


Guillermo Cabado
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¡NO SE PIERDAN LA SEGUNDA!:
(donde se evidencia la profundidad del videogame y su interactividad,
pero sobreviene una dimensión subversiva:
la inexistente profundidad del artista.
Es decir: su inquietante superficie)



(cuando halle un poco de tiempo me pondré a subir al blog las dos entregas que cierran esta serie que generara el 24 de marzo de 2009) (comentario insertado en agosto de 2009)

(1) Sostengo que eso que se mete en el cuerpo es una vivencia análoga a la que se vive en algún momento mientras se le intenta contar a un psicoanalista: "por qué diablos he venido a verlo". De todas maneras, no hay modo de que esa experiencia conduzca a un exorcismo: el cuerpo del que se trata no es un cuerpo tridimensional, no hay interior del que extraer demonios. He allí el único modo de pensar algo sobre ese dichoso objeto a que instaló Lacan.

(2)
La anécdota de los actores que andaban por los pueblos representando el Juan Moreyra y que en más de un caso se vieron desafiados a facón por alguien del público que salía en defensa de Moreyra, muestra claramente cómo es el discurso de consenso social el que hace funcionar o no cierto marco. Sin él en aquel caso el juego del teatro no podía andar.

(3) Y justo en el punto en que ya no es posible la interacción se abre el juego de lo que Lacan llamaba la intersubjetividad, allí donde la clave es que el otro en la pantalla puede mentir que miente (dimensión necesariamente excluida para que un juego resulte interactivo). El desarrollo de esta idea excede este espacio.
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(4) Inicio aquí una serie de tres subtítulos que quien guste podrá hacerlos resonar con los tres tiempos lógicos (instante de ver, tiempo de comprender, momento de concluir) que desarrollara Lacan en su escrito "El aserto de certidumbre anticipada", en debate con la obra de teatro "A puertas cerradas", de Jean P.Sartre. Casi treinta años después incluiría al objeto a en ese interjuego, en el punto de la función del prisa.

(5) Al respecto de lo muerto de la imagen, se puede ver mi comentario sobre la muestra en C.C.Recoleta de Ananké Asseff en: http://cabado.blogspot.com/2007/12/ananke-asseff-el-gesto-en-el-gesto.html

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martes, 17 de febrero de 2009

1895, Viena - ¿Por qué nace el psicoanálisis?

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Porque el cuerpo no se deja.
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En lo ambiguo de la frase... las lecturas se bifurcan.

Así viene sucediendo desde hace más de 100 años.

.Dos. Se bifurcan:
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* La lectura genital, de ingeniero doctorado
("esa tuerca necesita un buen perno lubricado").

* Otra, la que anida en la mirada de personas como Freud:

2001, París.
Porque el cuerpo no se deja.
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Amelie gusta de Nino. Se acerca sin acercarse: mensajes como pistas, saludos por telescopio. Del tesoro de su cuerpo apenas si da una foto con su rostro enmascarado. Amelie tiende velos y estrategias. Es entonces que lo cita, como a ciegas.
Y él acude. Y la espera. La adivina y la yerra en cada mujer de ese café. Ella lo monitorea a distancia y a resguardo. Pero Nino, de repente, gira la cabeza y le dirige tres palabras: "sos vos, ¿verdad?". La escena sigue aunque ya se terminó: algo se salió de cuadro para ella (una voz, una mirada... vaya uno a saber). Como sea, donde había una Yo, Amelie ahora hay un charco. Es un instante de verdad. Un asunto de cuerpo.


Porque el cuerpo no se deja...
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Después la verán a Amelie ir tras ese viejo pintor con perfume a Renoir. Si repasan la película verán que ese hombre, como Freud, no pretende pintar cuadros (cuadros clínicos o de tela, para el caso nada cambia), más bien se pregunta por lo que se escabulle en la pintura. Y se banca los efectos de asomarse a la cuestión. Y eso es clave para que pase lo que pasa: el viejo se deja coger por lo que pinta entre los dos cuando conversan (*).
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.(((Lou Andrea Salomé, Nietzche, Paul Rée; toda una época)
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Si el psicoanálisis nace,
no ha de ser porque un cuerpo no se deja penetrar.
(ningún asunto genital se juega aquí)

El psicoanálisis nace,
cada vez,
porque un cuerpo no se deja explicar por palabras
que, sin embargo, demanda.


.Y porque un tal Sigmund Freud, se dejó
tomar por esa demanda.
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(para quien guste rever la película: el papá de Amelie sí era un pintor de cuadros clínicos)
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(*) Nota al lector no argentino: "lo que pinta" es una expresión análoga a "lo que surge"
Nota al lector argentino: "se deja coger" es una expresión análoga a "se deja pintar"
Nota al lector en general: una suerte de juego pictórico para ver la película aqui referida, "Amelie", en http://cabado.blogspot.com/2007/08/pequeo-juego-plastico-para-ver-amelie.html
Nota al lector psicoanalítico: sugiero jugar con esta escena comentada de Amelie al calor de las cuatro clases de Lacan dedicadas al objeto mirada en su seminario XI, en particular el pasaje vinculado al "mundo omnivoyeur pero no exhibicionista".
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(foto de inicio del post: Andrei Eroshkin: http://andreyeroshkin.com/index.php)

lunes, 9 de febrero de 2009

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En Eine brise
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Ser músico de Mauricio Kagel por un rato...

Llevar la propia bicicleta hasta la explanada del MALBA,
sumarse a una orquesta de 111 ciclistas
y tocar con ella su "Una Brisa: Acción fugitiva para 111 ciclistas"
Qué lindo...
El viernes 6 de marzo en el MALBA
(luego se proyecta "Süden", de Gastón Solnicki)
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Para saber si aún se está a tiempo: suden.unabrisa@gmail.com
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viernes, 10 de octubre de 2008


Los robadores de azahares de la calle Voltaire

ojo1803blog.jpg


No es la madrugada del tercer domingo de octubre la mejor fecha. Quizás por eso han aguzado el ingenio. Se trata de una banda de gentes sin edad (hablo de la persistencia con que las habita ciertas formas de la infancia). Sus pertrechos: una escalerita enana, un manojo de bolsas, una linterna de dínamo y un sexto sentido para la formación de guerrillas.

(Esta misma escena sería redundante bajo la luna de agosto:

por entonces la calle Voltaire, de vereda a vereda, suele reventar de azahares en flor.

Ahora en cambio, ya quedan pocas explosiones blancas)





Entonces ellas, esas gentes, baten clac clac clac el dínamo que calienta sus linternas. Se despliegan. Se espiralan. Se elevan al cielo y baten sus dedos contras las ramas, abren sus bolsas, atrapan la nada (es que nada cae), las cierran, las anudan. Y se escabullen de la noche. En el callejón, de pared a pared, queda rebotando una estela olorosa. Y uno sabe entonces qué se han robado.

Cuando ya sea de día buscarán mujeres, abrirán sus bolsas, y celebrarán un efímero no sé qué. El instante en que el olfato se parece al minuto del amor.










Que las celebren en su día.

Especialmente dedicado a la panza de G


(la calle Voltaire se extiende entre Carranza y Arévalo, en el persistente barrio de Palermo Viejo, muy cerca de un puente)

domingo, 23 de diciembre de 2007



Cuento de navidad en blanco y negro

"MUDA"


Ladridos que llegan de afuera. Faltan dos días para navidad y no sabe qué decir; su silencio perfora las voces del perro. Entre el borde del diván y el filo de su zapato asoma el ventanal del consultorio. Más allá la reja antigua de la calle de enfrente. Entonces dice que en estos tres años esa reja a veces se le ha metido en los sueños.

La soñó con una cabeza perruna asomándose hasta volverse ciervo. También la vio ceder sus barrotes uno por uno bajo una lluvia torrencial. La imaginó recortada por un cenital rojo virando al sepia hasta volverse apenas un punto. (Siguen cayendo ladridos desde el piso de arriba). Un mínimo punto como el que insistía en el viejo televisor que el padre apagaba cuando era hora de dormir. Necesita decir ahora que la angustia le está hundiendo el puño en el esternón.

El péndulo del pensamiento lo arroja otra vez a la imagen del ciervo. En el diván pensar es tropezar, nada más. El perro que jamás ha visto en estos años de análisis sigue su trueno. Recuerda un paseo inútil en el zoológico con su novia de entonces, Sandra. Se escucha nombrarla y la-puta-madre-otra-vez-hablando-de-lo-mismo- que-lo-trajo-a-análisis. El péndulo.
Irrumpe la voz de su analista: “¿en qué te quedaste?”. Hay en el zoológico una antigua jaula, pequeña, vacía. Recuerda allí a una mujer. Linda, andrajosa, extraña. Se detiene un instante en ese sonido: “andrajosa”. Agrega: esa mujer no hacía nada, sólo estaba allí. "Me viene ahora a la mente aquella ciega que vendía flores en la película de Chaplin, ‘Luces de la ciudad'" . Espera. Quien lo escucha no habla. Retoma:

"No quiero reunirme con nadie en esta navidad. Odio estar haciendo nada hasta las doce de la noche viendo las lamparitas del árbol rebotar en la pelada de mi tío. No quiero que me pregunten si estoy saliendo con alguien. ¿Viste la película que te digo?. ¡Esa escena final, por dios!... Chaplin que acaba de salir de la cárcel. Andrajoso, con la única ropa de siempre, y esa forma de mirar. Tan frágil el tipo. Había ido preso por tomar dinero de un ricachón para dárselo a su vendedora de flores. Todo para que ella pudiera operarse los ojos. Fijate ésta: ‘un médico en Viena cura la ceguera’, decía el diario. Carlitos venía alimentando un malentendido desde que la conoció: ella lo había tomado por un hombre rico, y él, bueno, qué sé yo, no quiere, no puede decirle la verdad. Como sea, Chaplin se las ingenia para conseguir el dinero, alcanza a entregárselo, le dice que se irá en un viaje de negocios largo, pero que algún día volverá. Sabe lo que le está esperando y así sucede: al salir de la casa de la chica lo atrapa la policía y va a parar a la cárcel. Cuando al fin logra salir en libertad, lo primero que hace es buscarla. Él está enamorado y ella creo que también. Claro, la chica nunca lo ha visto tal cual es..”.
Silencio. Una especie de gruñido del analista lo impulsa a no callarse las ocurrencias del péndulo. “Puta madre, ¿podría haber sido de otra forma con Sandra?...”. Se vuelve a callar.

"¿En qué estás?”.



Sigue diciendo entonces. La florista, cuando ciega, se sentaba a vender en un lugar con rejas como éste que aparece en la ventana del consultorio. A ese sitio la va a buscar Chaplin al salir en libertad. Pero ella ya no está.

“Un bajón. Carlitos vaga por la ciudad. Viste cómo camina el tipo, ¡mi amor!. De repente la ve, a través de una vidriera. Se da cuenta de que ella recuperó la vista. Sin dudas, su dinero bancó la operación… Bah... su dinero... Está claro que ella progresó, ahora tiene una florería en un local distinguido. Uf, tenés que ver esa película”.

“¿A qué te referías cuando dijiste que ‘podría haber sido de otra forma con Sandra’?”.
Revuelve en su cabeza y enumera conductas diferentes que podría haber tenido con aquella novia. Todo tiene el sabor inconfundible de estar hablando, una vez más, de lo mismo. Hasta detenerse en una frase entre tantas: “no ser tan enojoso con ella”. Otro silencio. Acaso todo lo que se dice en análisis sólo sirva para poder toparse con un silencio como éste, mordido de resonancias. Dura un instante. Ahora se le impone decir:

“Cuando la florista ve a Carlitos a través de la vidriera, se ríe con ternura, o pena, no sé. Ella ni sospecha que ese vagabundo es aquel galán. Uno advierte que en todo este tiempo ella ha estado esperando su regreso. Sale a la calle para hacer caridad: le quiere regalar a Carlitos una flor y una moneda. Él pretende escapar pero ella lo retiene. Y al tocarle la mano lo reconoce con el tacto.

Entonces la chica le pregunta ‘¿sos vos?’.


El asiente. Se produce un breve silencio. Un silencio en una película muda.

Carlitos le pregunta ‘¿ahora podés ver?’.

Y ella: ‘sí, ahora puedo ver’.

Entonces la cámara muestra la mirada de Carlitos. Está esperanzado. O no. No sé. Quizás tenga miedo; ¿cómo saber qué le pasa a ella?. La película termina ahí. Con ese plano se va apagando la imagen".


Silencio.

El analista le pregunta “¿por qué te frenaste cuando dijiste ‘enojoso’?” .

“No sé, algo...". Su oyente aguarda y no hay más remedio que hablar sin saber: "algo... No es lo que hacía yo con Sandra sino cómo. Desde dónde”

"¿Y desde dónde?"

"Como un andrajoso".
Se sorprende del sonido de su boca. En ese nudo sonoro hay más que en todo lo que podría explicar. Se le enciende la boca: "bien vestido pero andrajoso… Eso".

"¿Qué?"
"No sé, hay algo ahí. Algo, una punta"

"Por ahí entonces. ¿Nos vemos la próxima?".

Su cuerpo lo levanta del diván y se lo lleva a la calle. Lo nuevo es un enjambre de luz y sonido.


Guillermo Cabado


****Relato publicado originalmente en diciembre de 2009,
aquí la
escena final de
"Luces de la ciudad":




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